In Situ
A esta
altura de mi vida y después de tantas redefiniciones, las palabras se vuelven
ambiguas para escribir sobre uno mismo. En mí, constantemente cada palabra se
redefine como la piel en el tiempo, por tanto, hoy las contradicciones son para
mí una certeza.
Si bien “Escribir supone un diez por ciento
de inspiración y un noventa por ciento de transpiración”, no hay que desestimar
ese primer instante en donde la palabra
genera su carga motora, tiempo en el que
se condensan multiplicidad de fuerzas
contradictorias para generar la dinámica dialéctica con uno mismo, obteniendo como
resultado la objetivación del
pensamiento. La cotidianidad de la palabra tiene la carga de nuestra existencia
más allá de nosotros mismos:
recuerdo un día en un lugar, como todos
los días y como en todos los lugares, me
miré en el espejo como cualquier espejo,y
aturdida ante tanta nada, reafirmé con voz profunda que, aunque la vida no
tiene sentido, es hermoso es vivir.
Sin la
materialidad de la palabra es imposible afirmar la nada, No existe conciencia
más allá del lenguaje. Como lo expone Bajtin: “el lenguaje participa en la vida
a través de los enunciados concretos que lo realizan así como la vida participa
del lenguaje a través de los enunciados”. El lenguaje configura la totalidad
del pensamiento, es una dinámica constante en donde lo inmaterial se materializa en la palabra.
Las
dinámicas del pensamiento son caóticas, como
una maraña de especulaciones, recuerdos, fantasías, sensaciones y sentimientos,
que batallan para definirse y no perderse en la nada. El lenguaje, en su
efímera materialidad temporal, muestra
en el espejo “la necesidad del hombre de expresarse y objetivarse a sí mismo”,
así seamos nada.